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El asesinato de John F. Kennedy o los secretos más oscuros de Fidel Castro

Castro’s Secrets: The CIA and Cuba’s Intelligence Machine, el nuevo libro de Brian Latell, analista en jefe de la CIA para América Latina durante 30 años y académico de la Universidad de Miami. Las interpretaciones novedosas sobre el asesinato del presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, eran suscritas antes por analistas fantasiosos y ahora por estudiosos serios como Latell.
En menor medida al cuarto tomo de la biografía monumental de Lyndon B. Johnson por Robert A. Caro,The Passage of Power: The Years of Lyndon Johnson.
El libro de Latell retoma las versiones ya publicadas por cineastas alemanes de dudoso prestigio, por autores norteamericanos algo frívolos, y por escritores más informados, como Jefferson Morley, en su biografía de Winston Scott, jefe de la delegación de la CIA en México en esa época, y de Tim Weiner, autor del laureado Un legado de cenizas: Una historia de la CIA.
Lee Harvey Oswald hizo contacto con la inteligencia cubana en 1959, en Los Angeles, cuando buscó al personal del consulado de Cuba en aquella ciudad para “ponerse a las órdenes de la revolución”, antes de marcharse a la URSS.
Como es sabido desde 1963, en septiembre de ese año Oswald, que vivía en Dallas con su esposa rusa Marina, viajó a la Ciudad de México para conseguir una visa e ir a Cuba para “luchar por la revolución”.
La casa de Oswald y Marina, Magazine Street
17. Oswald visitó por lo menos en tres ocasiones la Embajada cubana, entre el 27 de septiembre y el 2 de octubre de 1963.
Los dos Oswalds: en la izquierda, como lucía en Dallas bajo la custodia de la policía, el 22 de noviembre de 1963. A la derecha, cuando entró en la Embajada de Cuba en México.
Oswald fue filmado al entrar y salir de la Embajada por las cámaras de la CIA que operaban frente a la misma.
Según las informaciones que obtuvo Latell de una serie de informantes de la Dirección General de Inteligencia (DGI) cubana que se entregaron a Estados Unidos recientemente o hace años, fue interrogado (debriefed) por funcionarios cubanos.
México nunca concedió la visa a Oswald, pero de acuerdo con Latell, los agentes cubanos durante esas semanas le “dieron cuerda”.
Se escuchó a Oswald gritar saliendo de la Embajada, cuando se le negó la visa: “¡Pues entonces van a ver, voy a matar a Kennedy!”. Dicha exclamación de Oswald nunca fue reportada por la gente de la CIA en México a sus superiores en Estados Unidos, aunque supieron de ella.
La segunda aportación nueva de Latell consiste en las confesiones de un agente de inteligencia cubano, Florentino Aspillaga —el de mayor jerarquía en haberse cambiado de bando, hace 20 años, pero que ha empezado a hablar de estos temas solo ahora.
En 1963 Aspillaga era el encargado de la estación de escucha de Jaimanitas, a las afueras de La Habana, donde seguía las comunicaciones por radio de Estados Unidos y en particular de Washington.
Según el informante Aspillaga, el día anterior al asesinato de Kennedy, es decir el 21 de noviembre, fue instruido a redirigir sus antenas hacia al Estado de Texas y en particular a la ciudad de Dallas, para ver si algo sucedía ahí. En otras palabras, según este informante, los cubanos sabían o creían saber que algo iba a suceder en Dallas el día 22 de noviembre de 1963.
Los cubanos sabían o creían saber que algo iba a suceder en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Aquí vemos el Texas School Book Depository.
El 21 de noviembre, un día antes del asesinato, fueron repartidas estas pancartas en Dallas, acusando al presidente Kennedy de traición.
Lo sucedido, según Latell, se compagina con el hecho mismo —aunque no con el contenido— de la conversación que sostuvo ese día fatídico Castro con el periodista francés Jean Daniel, fundador y director de Le Nouvel Observateur durante 40 años, aquí en la foto.
Castro pasó el día entero con Daniel, conversando sobre una enorme cantidad de banalidades, salvo cuando alrededor de las tres de la tarde (debido a la diferencia horaria), llegó la noticia de la muerte de Kennedy. Aquí en la foto, Castro con Jorge Masetti, líder guerrillero argentino que fundó Prensa Latina.
Según Latell, Castro habría utilizado la presencia de Daniel para contar con un testigo independiente y prestigioso de su consternación y total sorpresa ante los acontecimientos sucedidos en Texas. En la foto Castro con el Ché Guevara.
Latell aduce también una argumentación adicional y complementaria. Desde 1975, se sabe que la CIA realizó múltiples intentos de asesinato de Fidel Castro en esos años, desde tentativas serias aunque fallidas, hasta otras absurdas, como ponerle un polvo en la barba que lo dejara imberbe, o regalarle un traje de neopreno que estuviera envenenado y lo matara o atrajera a los tiburones cuando buceaba.
Todos esos intentos fracasaron, obviamente; pero prosiguieron.
Esos mismos días, el Gobierno de Estados Unidos, mediante representantes de Robert Kennedy, el hermano del presidente encargado de la política del derrocamiento de Fidel, sostenían negociaciones en Paris con un funcionario cubano, supuestamente desertor, de nombre Rolando Cubela, que aún vive en Madrid.
Según Latell y otras autoridades de temas cubanos, Cubela era en realidad de un doble agente cubano, que informaba a La Habana de todo lo que negociaba con la gente de Kennedy a propósito de un nuevo atentado.
A Fidel le sobraban motivos para vengarse de los atentados ordenados por los Kennedy.
La Comisión Warren, responsable de investigar el magnicidio, nunca escuchó las versiones del jefe de la delegación de la CIA en México, Winston Scott; nunca interrogó a Robert Kennedy o a otros sobre los intentos de asesinato de Fidel Castro; nunca investigó seriamente la posibilidad de que Oswald hubiera sido cilindreado [manipulado] por la inteligencia cubana durante sus visitas a la Embajada.
La versión según la cual Fidel Castro abrigaba un motivo para permitir o alentar el asesinato de Kenney, debido a los múltiples intentos de Kennedy por asesinarlo, no fue investigada ni puesta en conocimiento de la Comisión Warren.
Todo ello no sucedió por dos razones: porque nadie quería revelar que se hubiera tratado de matar a Castro en vano tantas veces; y porque se suponía que Alan Dulles, fundador y director de la CIA y miembro de la Comision Warren, transmitiría la información de manera confidencial al presidente de la Comisión y ministro del Tribunal Supremo, Earl Warren.
John Foster Dulles, experto en Relaciones Internacionales del Partido Republicano, Secretario de Estado, a la izquierda, saluda a su hermano Allan, reclutado por la OSs (Office of Strategic Services), antecesora de la CIA, donde fue su director hasta ser despedido por Kennedy después del fracaso de la invasión de Bahía Cochinos.
Nunca fueron atendidos los informes de Scott en México desde Washington.
Jamás fueron revisados con cuidado los documentos y las intervenciones telefónicas y fotos procedentes de México.
Jamás fueron interrogadas a fondo dos mujeres clave que trabajaban en la embajada de Cuba: Luisa Calderón, de la DGI, y Silvia Durán, una empleada local que, según Latell, se involucró con Oswald en el Distrito Federal. Foto del MININT, órgano que cubre la DGI.
¿Por qué Johnson, el sucesor de Kennedy que sí sabía de los intentos de asesinato de Castro por los Kennedy, no insistió en la investigación, estando convencido de que Fidel Castro era el responsable del atentado?
¿Y cómo sabemos lo que pensaba Johnson? Por dos declaraciones de Johnson citadas en la interminable biografía de Robert A. Caro, una en 1965, otra ya jubilado: “Los Kennedy quisieron deshacerse de Castro, pero Castro se deshizo de ellos primero (…) Los Kennedy operaban una jodida Murder Inc. en el Caribe.”
Robert A. Caro, aquí en la foto, sugiere que Robert Kennedy nunca dejó de sospechar que el asesinato de su hermano fue provocado por sus propias obsesiones contra la Mafia o contra Castro.
“Medio siglo después de la muerte de JFK, prevalece la especulación entre los íntimos de su hermano sobre si conocía algún dato duro que indicara que sus cruzadas contra el dictador cubano o el crimen organizado… habrían afectado a JFK, y si su abatimiento se vio intensificado por una sensación de responsabilidad, o incluso de culpa, por la muerte de su hermano”, dice Caro en su libro.
Brian Latell no afirma —nadie podría hacerlo— que Castro mandó matar a Kennedy, ni que los cubanos “motivaron” al “tonto útil” de Oswald. Pero en su importante, novedoso y sugerente texto, presenta una tesis más sofisticada: La Habana se hallaba al tanto del inminente atentado, y no hizo nada para evitarlo o avisar a su víctima. Los Castro, los Kennedy, los historiadores y los chismosos como este autor, moriremos todos sin saber … lo que los cubanos sabían.
La Plaza Dealey en Dallas, lugar donde fue asesinado el presidente Kennedy.
El presidente John F. Kennedy, en el momento de la entrada a la Plaza.
La estudiada foto de Richard dos Carbotum, cuando la limousine del presidente pasaba frente al Repositorio.
Foto de archivo de Robinson, momentos antes del disparo.
Foto de archivo de Moorman: el momento del disparo mortal al presidente.
Foto de archivo de Clint Hill, al momento de producirse el disparo.
Bill y Gayle Newman se tiran en el cesped al sentir los disparos.
Arresto de Harvey Lee Oswald. Ahora han surgido fundamentos nuevos publicados en fechas recientes en dos libros.
Se sospechó de Sam Giancana.
Jorge G. Castañeda (texto de este trabajo) es analista político y miembro de la Academia de las Ciencias y las Artes de Estados Unidos. Su más reciente libro es Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos.
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